El cuento es viejo y conocido, pero no por viejo y conocido deja de tener una actualidad palpitante, de plena contingencia. Estamos discutiendo dentro de una pieza, estamos casi agarrándonos del moño. Hemos subido el tono y el volumen. Los ánimos se han acalorado hasta el punto que en cualquier momento podemos irnos a las manos. Hasta la sangre puede llegar al rÍo. Nos miramos mal. Viejos rencores afloran. Las palabras y las frases son latigazos sin misericordia.

Pero en ese momento, extrañamente, entra un tigre a la habitación. Es un felino salvaje, una fiera soberbia. Somos cinco en la pieza discutiendo. Nos quedamos mirando sobresaltados. El tigre nos pilla de sorpresa en mitad de la gresca. El tigre no va a tomar parte en la acalorada discusión. Sus intenciones son claras: nos quiere dar el bajo a todos. Sus ojos despiden fuego. Tiene hambre, y cuando los tigres tienen hambre su ferocidad no tiene lÍmites.

Nos parapetamos los cinco detrás de la mesa. El tigre nos mira de hito en hito, como preguntándose “¿a quién devoro primero?”. Sus fauces se abren y aparecen unos dientes voraces, terribles, que nos ponen la carne de gallina.

El tigre se agazapa. Va a dar el salto y caer como un huracán encima de nosotros. Saca a relucir sus garras, que son como enormes cuchillos carniceros que nos desgarrarán el pecho, para que nuestra sangre salpique hasta el techo.

La pregunta es: ¿qué hacemos los cinco ante la proximidad del peligro inminente? Primero, ¿seguimos discutiendo? Segundo: ¿o nos unimos todos para darle el bajo al tigre que quiere devorarnos? Esa es la cuestión. Hasta un niño chico es capaz de tomar la decisión correcta. Si los cinco fuéramos imbéciles también tomarÍamos la decisión correcta. Si los cinco fuéramos inteligentes también tomarÍamos la misma decisión. Es decir, nos unirÍamos férreamente para enfrentar unidos al tigre.

Eso es lo que nos ocurre ahora. El tigre es el imperialismo norteamericano y la burguesÍa nacional. Los cinco de la pieza son la izquierda chilena. Decisión: eliminemos al tigre y después seguimos la discusión hasta que las velas no ardan. Si es necesario para entonces sacarnos la cresta, tirarnos las cosas por la cabeza, bueno. Pero primero eliminemos al tigre. Es lo fundamental. Lo demás son pelos de la cola.

Y no es posible que ahora le estemos echando los pelos a la leche.

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