Todos los chilenos, como siempre ha ocurrido, detuvimos todas las labores, nos cacharpiamos como Dios manda, nos echamos los E° 700 al bolsillo por primera vez en la historia y celebramos el nuevo aniversario de la Independencia Nacional, la primera de pata en quincha y con tamboreo y huifa.

La celebración de este año fue muy especial y significativa porque nos sorprende en plena lucha emancipadora para lograr definitivamente nuestra segunda Independencia, la económica, la que definitivamente nos dará la auténtica libertad y en donde la patria auténticamente será la patria que todos queremos, porque será de todos en realidad y no un sÍmbolo como ha sido siempre, hasta aquel 4 de septiembre de 1970 en que iniciamos la segunda.

Los fascistas, los sediciosos, los reaccionarios, que han supuesto siempre que la patria só elo debe beneficiar a los ricos, están deshechos, lloran a lágrima viva. Son los mismos que en 1810 tiraron el traste a la zarzamora, los que bailaron en las calles en la Reconquista española, los que miraban con odio terrible a Manuel RodrÍguez, el guerrillero, cuando otra vez a punto de perder la Independencia gritón la Plaza de Armas de Santiago, con un eco histórico: “¡Aún tenemos patria, ciudadanos!”.

Han vuelto esta especie de realistas, andan por todos lados haciendo cochinadas. Contrabandean, acaparan, especulan, esconden las mercaderÍas o las botan en los canales o las entierran. Son de los mismos carajos enemigos de O’Higgins, de Carrera, de San MartÍn.

AquÍ están otra vez, acorralados, dispuestos a jugarse la vida con tal de continuar con sus irritantes prerrogativas.

Los mismos carajos de ayer, en una suerte de transmigración, botándose a choros, golpeando cacerolas. Los enemigos de la revolución, los badulaques de la “libertad” convertida en libertinaje, los prepotentes, ¡los maricones de toda la vida!

Ahora el pueblo es poder. De la fuerza de sus masas dependen los destinos de Chile, no de unos cuantos señoritos o de unos cuantos viejos guatones. El obrero, el campesino, la dueña de casa, el estudiante, el empleado, el intelectual, el artista, el pequeño comerciante, el pequeño agricultor e industrial están aquÍ transformados en fuerza incontenible. Nadie nos para, ni el diablo, y si no hagan la prueba. Les caerá aplastante el puño de hierro del pueblo y quedarán convertidos en lo que realmente son: sabandijas.

Al celebrar la primera Independencia, hemos sentido que nuevas fuerzas llegan a nuestro espÍritu para seguir en la lucha de nuestra revolución.

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